Hay una palabra que aparece constantemente después de ser madres: recuperar.
Recuperar la figura. Recuperar el peso. Recuperar la barriga. Volver a entrar en los vaqueros de antes. Recuperar, en definitiva, el cuerpo que teníamos antes de que llegara el embarazo.
Y es curioso, porque hablamos de nuestro cuerpo como si lo hubiéramos perdido por el camino. Como si hubiera una versión correcta —la de antes— y una versión provisional que tenemos que intentar arreglar cuanto antes. Pero quizá la pregunta no sea cómo recuperar nuestro cuerpo. Quizá sea cómo volver a sentir que estamos dentro de él.
Cuando miras tu cuerpo y ya no reconoces del todo a la mujer del espejo
El embarazo, el parto y el posparto no son cosas que simplemente le suceden al cuerpo y después desaparecen. Lo atraviesan y, muchas veces, lo cambian.
Puede cambiar la barriga, el pecho, el peso, el suelo pélvico, la piel, una cicatriz, nuestra forma de movernos o las sensaciones que tenemos durante las relaciones sexuales. Y mientras nos acostumbramos a todo eso, el mundo parece tener bastante prisa por preguntarnos cuándo vamos a volver a estar como antes.
Quizá tú también te hayas mirado alguna vez al espejo pensando: “Este no es mi cuerpo” o “ya no soy la de antes”. Y puede doler. No hace falta que ames cada estría, que celebres cada cambio ni que conviertas una cicatriz en un símbolo de empoderamiento si no la sientes así. Hay cambios que nos gustan, otros que nos dan exactamente igual y otros con los que podemos necesitar tiempo para reconciliarnos.
El problema aparece cuando empezamos a vivir nuestro cuerpo exclusivamente desde fuera: observándolo, evaluándolo y comparándolo constantemente con el que teníamos antes. Y esto no afecta solamente a cómo nos vemos. También puede colarse directamente en nuestra sexualidad.
Es difícil disfrutar de un cuerpo que estamos vigilando
Imagina que estás teniendo sexo y una parte de tu cabeza está pensando en la barriga. En si se nota la cicatriz. En qué postura te favorece. En si tu pareja estará mirando esa parte que tú intentas evitar cada vez que pasas delante del espejo. Tu cuerpo está teniendo una experiencia, pero tú estás fuera, mirándolo. Y desde ahí es muy difícil abandonarse al placer. No necesariamente porque tu cuerpo haya dejado de ser deseable, sino porque estás demasiado ocupada vigilándolo para poder sentirlo.
La investigación sobre sexualidad en el posparto ha encontrado relación entre una imagen corporal más positiva y una mejor función sexual. También sabemos que el papel de la pareja importa: no es lo mismo atravesar todos estos cambios sintiéndote cuidada, deseada y respetada que recibir críticas o comentarios sobre tu cuerpo. Porque sí, nuestro deseo y nuestra sexualidad son nuestros. Pero no existen en una burbuja.
“Cuando adelgace…”
Aquí aparece una trampa especialmente puñetera.
- Cuando pierda diez kilos me compraré ropa que me guste.
- Cuando se me quite esta barriga volveré a ponerme eso.
- Cuando me vea mejor volveré a sentirme sexy.
Y, sin darnos cuenta, dejamos partes de nuestra vida aparcadas esperando a una versión futura de nosotras mismas. Pero no necesitas adelgazar para tener derecho a sentirte atractiva, deseada o sexual. Eso tampoco significa que tengas que plantarte mañana delante del espejo y decir que te encanta absolutamente todo. A veces hemos convertido la aceptación corporal en otra exigencia: ahora, además de tener un cuerpo que no nos gusta, parece que tenemos que amarlo incondicionalmente.
En realidad, podemos empezar bastante antes y desde un lugar mucho más amable. Volver a tocar nuestro cuerpo sin examinarlo. Elegir ropa que nos guste para el cuerpo que tenemos hoy. Masturbarnos. Descubrir qué sensaciones nos resultan agradables ahora. Pedir lo que necesitamos durante el sexo. Permitir que alguien nos mire sin estar intentando decidir por esa persona qué partes de nosotras deberían gustarle.
Y también revisar lo que vemos todos los días.
Si nuestro algoritmo nos enseña continuamente un único tipo de cuerpo asociado a belleza, éxito y deseo, no es demasiado extraño que terminemos sintiendo que cualquier cuerpo que se salga de ahí tiene algo que corregir.
No necesitamos dejar de seguir a todas las mujeres delgadas del planeta. Necesitamos ampliar el imaginario: ver barrigas, cicatrices, estrías, pechos distintos, cuerpos grandes, pequeños, jóvenes, maduros. Cuerpos parecidos al nuestro viviendo, bañándose, vistiéndose, disfrutando y siendo deseados.
Tu cuerpo no es solamente lo que ves en el espejo
Entre tanta preocupación por recuperar la figura podemos olvidar algo importante: un cuerpo no es únicamente una imagen. Es el lugar desde el que vivimos. Ese cuerpo ha atravesado una historia. Quizá un embarazo, un parto, una cesárea, una lactancia. Noches sin dormir. Brazos que han sostenido durante horas. Días de agotamiento absoluto. Placer. Dolor. Cambios que elegimos y otros que no.
Nada de eso obliga a que te guste cómo ha quedado tu barriga. Pero quizá sí puede ayudarnos a dejar de mirar nuestro cuerpo únicamente como un proyecto pendiente de mejora.
Porque una cosa es querer adelgazar, entrenar, cambiar algo de nuestro aspecto o cuidarnos de determinada manera porque nos apetece. Y otra muy distinta creer que tenemos que hacerlo para volver a merecer sentirnos guapas, seguras, poderosas o deseadas.
La maternidad puede cambiar nuestra relación con el cuerpo. También puede cambiar el deseo, el sexo y la manera en la que nos reconocemos como mujeres. Y quizá la salida no esté en perseguir durante años a la mujer que éramos antes. Puede que haya una pregunta bastante más interesante que “¿cómo recupero mi cuerpo?”:
¿Cómo quiero sentirme dentro del cuerpo que tengo hoy?
Quizá volver a habitarlo empiece justo ahí. No en recuperar una talla. Ni una barriga. Ni una versión anterior de ti. En volver a sentir que ese cuerpo, con toda la historia que lleva encima, sigue siendo tuyo. Y que también desde ahí puedes sentir deseo, placer y libertad.
































































