Hoy has gritado. O has puesto más dibujos de los que querías, has mirado el móvil mientras tu hijo jugaba, la cena ha sido cualquier cosa y llevas deseando que llegue la hora de dormir desde las seis y cuarto de la tarde. Y, cuando por fin se duerme, aparece la culpa. Porque además de cuidar, trabajar, organizar, acompañar, limpiar, comprar, anticipar y recordar, parece que tenemos que hacerlo todo con una sonrisa y disfrutando muchísimo del proceso.
La culpa materna y la famosa “buena madre”
Todas tenemos metida en la cabeza una especie de Buena Madre imaginaria. Tiene paciencia, juega muchísimo, nunca mira el móvil, cocina equilibrado, pone límites con firmeza y cariño manteniendo un tono de voz digno de una meditación de YouTube, trabaja, cuida su relación de pareja y, por supuesto, encuentra tiempo para cuidarse.
No sabemos dónde vive esta mujer. Probablemente en Instagram. Pero nos comparamos con ella igualmente.
Y cuando nuestra maternidad real, con sueño, prisas, enfados, pantallas, macarrones y algún “POR FAVOR, PONTE LOS ZAPATOS YA”, no se parece demasiado a esa imagen, sentimos que estamos fallando.
Antes de mirar la culpa, miremos la carga mental
A veces nos preguntamos por qué tenemos tan poca paciencia cuando quizá deberíamos preguntarnos cuánto llevamos sosteniendo ese día. No reaccionamos igual después de dormir ocho horas que después de despertarnos cuatro veces. Tampoco después de trabajar, recoger al niño, hacer la compra, preparar mochilas, pensar la cena y gestionar tres rabietas.
Muchas veces la culpa aparece precisamente por las consecuencias de haber sobrepasado nuestros límites una y otra vez. Estamos agotadas, contestamos peor, queremos estar solas o ponemos dibujos porque necesitamos veinte minutos sin que nadie nos toque. Y después nos sentimos fatal por haber necesitado esos veinte minutos. Es una trampa perfecta.
Además, está la carga que no se ve. Porque no es solo llevar a tu hijo al pediatra. Es darte cuenta de que necesita ir, pedir cita, recordarla, organizar horarios y encargarte de lo que venga después. Y lo mismo ocurre con el colegio, la ropa, los cumpleaños, la alimentación o las actividades. Por eso me chirría bastante aquello de “mi pareja me ayuda mucho”.
Cuidar de tus propios hijos no es ayudar. Y ejecutar tareas que otra persona ha tenido que detectar, planificar y recordarte tampoco es asumir completamente la responsabilidad. No necesitamos ayudantes. Necesitamos corresponsabilidad.
Quizá no necesitas hacer más
No toda culpa significa que estés haciendo algo mal. Si he gritado y no me gusta, puedo reparar y pensar qué ocurrió. Pero hay otra culpa que aparece simplemente porque no conseguimos cumplir con todo lo que creemos que una buena madre debería ser. Y muchas veces intentamos solucionarla haciendo todavía más: más paciencia, más juegos, más tiempo de calidad, más organización y, por supuesto, más autocuidado.
Siempre más.
Quizá deberíamos probar a hacernos la pregunta contraria: ¿qué puedo dejar de sostener? ¿Qué puedo repartir? ¿Dónde necesito ayuda? ¿Qué expectativa es completamente irreal? ¿Y cuál puedo mandar un poquito a la mierda?
Puede que no necesites esforzarte más para llegar a todo. Puede que el problema nunca fuera que tú no llegabas. Igual el problema era esperar que llegaras.
































































